Buenos Aires

«A la salida de la puerta de embarque me esperaba una vieja amiga y su padre. Después de un abrazo emotivo partimos hacia Bernal, situado a las afueras de Buenos Aires, y su lugar de residencia. Era tarde y cuando llegamos a la casa, su madre había preparado la cena: pizza casera y asado argentino. Comí apenas dos trozos de pizza y el chinchulín, la parte donde comienza el intestino de la vaca, mi gran descubrimiento americano. Después, nos sentamos a ver un programa de televisión en el que tanto las chicas como los chicos se habían sometido a alguna que otra operación estética. Se me hizo raro, pero pude dormir esa noche.

A la mañana siguiente, desayunamos y comimos muy bien, a mesa puesta. Entre medias fuimos a pasear por las calles de Bernal. Muchas de las casas eran re-lindas, cada una de un estilo diferente: algunas de madera, otras de ladrillo y otras de cemento, como en el cuento de los tres cerditos. Además parecía que estaban un poco despeinadas, como cuando yo me despierto por las mañanas. 

El segundo día, me di cuenta de que era un miembro más de la familia cuando el desayuno se convirtió en autoservicio, y en la sobremesa mi amiga decidió que iríamos a visitar la que sería mi abuela argentina. Nos sentamos al lado de la piscina, que ellos llaman graciosamente pileta, a tomar un poco de sol. La estación que aquí estaba a punto de comenzar era la primavera, y el final del invierno tenía una temperatura suave a pesar de que el día anterior había llovido. Por suerte, la tarde nos ofreció una salida por el centro comercial de Quilmes, famoso por su cerveza. Vimos remeras, camperas, y trapitos, que no compramos, hasta llegar a un sitio donde encontramos casi 1000 variedades de pancakes irresistibles. Pedimos una tortita con nata, crema en Argentina, y mermelada de ciruela. Re-riquísimo. Lo acompañamos de un café.

Estuvimos allí tanto tiempo que perdí su noción. Pagamos y nos fuimos a la parada del colectivo. Tras recordar viejos tiempos de cuando nos conocimos en Madrid, vino el 98. Una vez dentro, no había demasiada gente (debía ser una de las primeras paradas) así que nos hicimos un selfie. Se escuchaba la radio de algún móvil. Mientras que en Madrid, escuchar la radio de gente con el volumen alto en el metro se considera de lo más irrespetuoso, aquí no me pareció tan desagradable. Las vacaciones cambian la perspectiva. Me envolvía tanto el mundo en el que no existen los relojes, que incluso pensé que quizá no estaría mal apuntarme a unas clases básicas de Cumbia.

De vuelta a casa, caminando por las calles de Bernal, nos topamos con la feria de “Los Fogones”, donde cada colegio monta un puesto en la calle, venden comida, la gente baila y se divierte viendo los espectáculos. Paramos un par de veces para tomar fotos de los bailes regionales y nos hicimos un par metiendo la cabeza en los huecos de unas matriuscas rusas. Luego pasamos por la enorme iglesia de Bernal, donde la Virgen estaba afuera, en la puerta, y la gente se acercaba a pedirle ruegos. Había gente sentada y el que repartía los folletos era bastante joven. En la pared había una placa que mostraba el orgullo del hermanamiento entre Bernal y Génova. Me sorprendió la cantidad de niños que jugaban en la escalinata de la iglesia. Solo eso.

Al escribir estas notas me siento como los primeros exploradores que contaron la historia de esta tierra porteña, cuando todavía existían indígenas que paseaban sus cuerpos desnudos y morenos por estas cuadras. Me gustaría poder trasladarme a ese tiempo, pero las caras de la gente me parecen tan europeas, que me resulta difícil».