Fragmento

«Unos rayos de sol mortecinos se colaban por la ventana del salón, apenas filamentos que lograban esquivar los árboles y las plantas del patio trasero. Martirio dormitaba en uno de los sillones orejeros, tapizados en granate, disfrutando de las leves caricias del sol de media mañana. Remedios aprovechaba esos descansos de su madre, breve, intermitentes e inesperados, para tomarse un respiro.

Echaba de menos el trajín de la tienda llena de mujeres parlanchinas y exigentes, acostumbradas a caprichos caros, que acudían en busca de complementos originales y ropa de grandes firmas. La boutique había funcionado bien -muy bien, de hecho- y ella había creído que duraría siempre».

La paradoja del bibliotecario ciego